
Juan Rivero nació con un don futbolístico que hasta ahora lo mantiene vigente. Fue un marcador central de esos que ya no hay. Era defensor,
aguerrido, con mucho temple y, sobre todo, tenía voz de mando. La técnica no era su mayor virtud, pero asegura que esa carencia la suplía con mucha entrega. “Jugaba fuerte, pero no con mala intención”, aclara. En los equipos donde estuvo se destacó como un caudillo y supo ganarse el puesto con dedicación y mucho trabajo. La capitanía fue la consecuencia de una labor disciplinada.
Tenía 12 años cuando, jugando para Bolotel en un torneo barrial, el padre Enrique Bujold lo invitó a San Martín, club que años antes había fundado el sacerdote canadiense con la colaboración del profesor Eduardo Guilarte. Pese al paso de los años, sus inicios siguen ligados estrechamente al equipo santo, donde se inició, creció futbolísticamente y al que hace poco lo sacó de la zona del descenso. Fue parte de una camada de jugadores talentosos de su época, que después fueron tomando caminos diferentes.
Cumplida una etapa exitosa en San Martín, ganando varios títulos desde la categoría preinfantil hasta la juvenil, Rivero fue transferido al club Universidad.
En el equipo docto terminó de formarse como futbolista hasta dar el gran salto al profesionalismo. Terminando la temporada 1990 en la división Primera A, después de recibir la Victoria Alada como el mejor jugador de la ACF de ese año, Blooming adquirió sus servicios. A la academia cruceña llegó cuando el entrenador era Carlos Aragonés, pero fue Ramiro Blacut el que le dio continuidad hasta consolidarlo como titular indiscutible, haciendo pareja con el argentino José Omar Beccerica. “De él aprendí muchísimo”, admite. Después jugó también con Juan Manuel Peña y el argentino Oldrá, entre otras figuras, mediando los años 90.
Sus últimas temporadas en la academia fueron con el cintillo de capitán incluido hasta que decidió cambiar de aire, recalando en Wilstermann. En el cuadro valluno jugó una temporada y la siguiente en San José. Entonces surgió la posibilidad de ir a Real Potosí y aceptó el desafío el año que el cuadro potosino ganó la Copa Simón Bolívar y ascendió a la Liga (1997). Al no poder obtener su libertad de filas académicas surgió la opción de jugar en Real Santa Cruz, en trueque con Marco Herrera.
Juan Rivero, con el cintillo de capitán de Universidad, previo a un partido de Simón Bolívar ante Real Beni.
En el equipo albo jugó cinco temporadas y en ese lapso fue convocado varias veces a la selección nacional. Participó una vez en la Copa Kirín (Japón) y también disputó un partido de eliminatoria frente a Paraguay para la Copa del Mundo de Corea-Japón 2002. Como tenía decidido seguir ligado al fútbol, después de abandonar la práctica activa, Rivero estudió y se graduó en el Instituto Superior de la Actividad Física (Insaf) e integró, además, la primera promoción de la Escuela de Entrenadores de Fútbol. Cuando se despidió del fútbol tenía trabajo seguro.
Ya como entrenador dirigió a 3 de Mayo, Argentinos Juniors, Universidad, Guabirá, Real Santa Cruz, Destroyers, Blooming y San Martín, equipo donde se inició. Hace unos días asumió el reto de devolver a Máquina Vieja la plaza que recientemente perdió en la Primera A. “Hay un proyecto bonito acá y espero cumplir mis objetivos y mis sueños”, indicó.
Juan Rivero Burgos no se mueve solo. Detrás de él hay una familia que lo sigue y lo alienta. Está unido en matrimonio con Yuba Ibáñez y tiene tres hijos: Gabriela (19), Juan Fernando (17) y Daniela Alejandra (12).
El Deber